En el infinitesimal espacio entre un ser humano y su alma, un hombre común pudiera desplegar sus alas.
Levantar el vuelo para ser uno con el universo sin reservas.
Germinar semillas fabricadas con sueños y deleitar su corazón con trinos de aves fabulosas, que se posarían felices en los vástagos tiernos de sus ramas.
La secreta vivencia, en la fisura mínima que separa lo carnal de lo sublime, le colmaría.
Saciaría la sed de saber de lo inefable.
Nadie mas que él sabría del estremecimiento de su cuerpo. Ni daría cuenta del millón de sensaciones cálidas desbordando desde su amígdala hasta los pies y viceversa.
Un hombre común dispuesto a soñar puede volverse extraordinario.
Sus vigilias se llenan de energía y sus ensoñaciones se convierten en exhalación sucesiva, a veces violenta, pero siempre placentera de su hombría.
Suyo el espacio, suyo quien entra, suyos los anhelos, suspiros y delirios.
Puede llenar el maravilloso intersticio de lo que desee: fantasías a dúo, ménage a trois o en solitario.
Igual probar un número infinito de proezas.
Existen, sin embargo, riesgos.
Un contaminante tóxico llamado miedo.
Cualquier cantidad de este
por mínima que sea
que entre en contacto con su espacio
dará fin,
tristemente
a su quimera.

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