Trementina, tierra mojada, leña, viento fresco, limones amarillos y salsa de soya. Todo eso se mezclaba en aquel entrañable recuerdo. Recostada de espaldas sobre una roca gigantesca. Bajo la sombre fresca de los piñoneros. Buscando formas en las nubles blanquísimas que surcaban el cielo de las tardes perezosas a mediados de agosto. ¡Cuanto silencio de ruidos de ciudad! ¡cuantos sonidos de la sierra! Pájaros, roces de agujas de pino y el movimiento nerviosos de ardillas entre arbustos de bellotas amargas. A veces, después de lluvias muy intensas, la presa desbordada de agua tumultuosa, regalaba su canción desde muy lejos. Luego el concierto de ranas, sapos y grillos al caer la tarde. Seguidos de los buhos, que misteriosos entonaban su característico ulular.
Luego, como atraídos por el hechizo de aquella naturaleza cantarina y bulliciosa, uno por uno, los jóvenes veraneros, iban llegando a la enorme piedra plana que era fiel testigo y comparsa de la bohemia que se armaba cada noche. Armados de una guitarra vieja y las mas de las veces desafinada, aquella juventud impetuosa y desbordada como la presa, trepaba abigarrando la rocosa superficie. Entonces, con millones de cuerpos celestes luminosos de testigo. Jugaban a ser cantantes, soñaban con amores de verano y cantaban coreando las melodías de la época.

Sí, señora, algún día la vida fue así para todos. Por esos momentos eternos, con algunas variantes, pasaron las vidas de todos o, al menos, de todos los que tuvieron imaginación y, además, se pensaron que sólo les faltaba un milímetro para tocar el cielo.
ResponderEliminarMuy bonitas tus letras. Y muy querenciosas y evocadoras.
Saludos agachupinados.
¿"Un milímetro"? ¡Nada! LO TOCASTE, lo del milímetro es un eufemismo. ¿A poco no? La cosa está en que en ese entonces, no te diste cuenta. Pero ¿ya qué?
Eliminar:D
Muy buen día